May 26, 2022
Escrito por: Jennifer Cramer-Miller
Mary Roethler y su hermana Ruth Riha han compartido muchas experiencias juntas. A las dos les encantan los días de compras (además de la comida). Las celebraciones de cumpleaños. Las reuniones en días festivos. “Cosas normales”, dijo Mary.
Hay otra cosa que Ruth ha compartido con Mary y que no es tan habitual: su riñón.
Y lo más sorprendente es que eso ocurrió hace 42 años. Esa longevidad convierte al trasplante de riñón de Mary en uno de los más duraderos de los que hay constancia en la Clínica Mayo.
Antes de nacer, los riñones de Mary se fusionaron (lo que se conoce como “riñón en herradura”). A los 14 años, Mary comenzó con tratamientos de diálisis para mantenerse con vida, y sus médicos la incluyeron en la lista de espera de trasplantes.
“Nunca había oído hablar de un trasplante de riñón antes”, dijo Mary. “Cuando me hablaron de la lista de espera y mencionaron la palabra ‘cadáver’, me asusté”. Recuerda haber pensado: “¿Se puede hacer eso?”.
“En aquella época era un mundo diferente”, dijo Mary, y explicó que está agradecida por el aumento de la concienciación. “La gente no sabía nada de los trasplantes (en 1980) como lo sabe hoy en día. Y las noticias eran locales. No teníamos canales de noticias las 24 horas del día”.
Procedente de una familia de nueve hijos (seis chicas y tres chicos), algunas de las otras hermanas de Mary se plantearon donar sus riñones. Diversas circunstancias lo impidieron. Pero Ruth era una donante compatible perfecta y dio un paso al frente para ayudar cuando solo tenía dieciocho años.
“Es toda una responsabilidad a esa edad”, reflexionó Mary.
La valentía, al parecer, es otra cualidad que comparten estas hermanas. Y aunque ambas tenían miedo, las dos estuvieron a la altura de las circunstancias.
Mary es consciente de que 42 años suponen un hito extraordinario en la historia de los trasplantes de riñón.
Según el Dr. Naim Issa, nefrólogo especialista en trasplantes de la Clínica Mayo, la esperanza de vida media de un riñón trasplantado de un donante vivo es de entre 14 – 20 años.
A los 42 años del trasplante, Mary ha conservado el regalo de Ruth durante 23 años más de lo que Ruth lo tuvo ella misma. Y sigue funcionando a la perfección.
Mary, Ruth y sus siete hermanos crecieron en una granja familiar en Iowa. Pasaban los veranos zambulléndose en pozas naturales, recogiendo piedras, ayudando con el ganado y cuidando los huertos. En un hogar ajetreado con 11 personas, también echaban una mano con la cocina, la limpieza y otras tareas domésticas.
Mary sigue viviendo en Iowa, pero tras 42 años de seguimiento médico en la prestigiosa Clínica Mayo de Rochester, Minnesota no le es ajena. Además de a su hermana, Mary está agradecida por la experiencia de los especialistas en trasplantes de la Clínica Mayo que han supervisado su atención durante cuatro décadas.
Más de cuatro décadas suponen un montón de notas de agradecimiento. Al principio, Mary enviaba tarjetas anuales a Ruth en el aniversario de la donación. Tras unos 15 años enviando tarjetas, empezó a llamarla por teléfono. Esas llamadas de agradecimiento se convirtieron en mensajes de texto. Ahora, dice con una sonrisa, Ruth probablemente ni siquiera recuerde la fecha.
Hoy en día, el aniversario de la donación no es lo primero en lo que piensan, porque Ruth y Mary simplemente viven sus vidas. Y esto resume el milagro de su celebración. Es precisamente esta ausencia de conciencia constante, esta sensación de ser ‘normal’, por lo que Mary se siente más agradecida.
“¡La normalidad es un auténtico regalo!”
Pero Mary no tarda en señalar la magnitud subyacente de lo “normal” que se siente. “Si Ruth no hubiera (donado), quizá no habría sobrevivido. Si no fuera por Ruth, nunca me habría casado”.
Y el año que viene, Mary y su marido Randy celebrarán otro hito importante: su 30.º aniversario de boda.
Por si fuera poco, Mary cuenta entre sus muchas bendiciones a sus tres hijastros, seis nietos y siete bisnietos. Más familia con la que celebrar su vida extraordinariamente normal, gracias a Ruth.
Así pues, de todas las cosas que comparten estas hermanas —la afición por las compras, las celebraciones, la valentía y el riñón de Ruth—, Mary y Ruth se alegran de que rara vez piensen en las dos últimas. Ese es el mayor regalo de todos. Juntas, han recorrido un camino extraordinario hacia la normalidad. Tienen pensado disfrutar de su vínculo, inusualmente común, durante muchos aniversarios de trasplante por venir.


















