March 25, 2021
A los 12 años, a Jennifer le diagnosticaron la enfermedad de los depósitos densos (DDD), una enfermedad autoinmune poco frecuente que altera la capacidad del riñón para filtrar los residuos. La derivaron de un especialista a otro y le dijeron que, al llegar a la edad adulta, tendría que someterse a diálisis y a un trasplante. Aproximadamente la mitad de las personas afectadas por la DDD desarrollarán falla renal en los 10 años siguientes al diagnóstico, y el 85% lo hará en un plazo de 20 años. El diagnóstico de Jennifer no fue una excepción y aprendió desde muy joven a controlar sus síntomas mediante una combinación de dieta, estilo de vida y una complicada rutina de medicación que consistía en tomar 19 pastillas al día. Jennifer pensaba que le habían explicado todo lo que necesitaba saber para vivir con una enfermedad del riñón en etapa 4 y evitar la diálisis y el trasplante. Confiaba en sus médicos y en lo que sabía sobre su enfermedad.
Eso fue así hasta que, años más tarde, Jennifer se despertó con un dolor punzante en el pie. Al principio era intermitente, pero se fue volviendo más persistente y doloroso con el paso del tiempo. A Jennifer la volvieron a pasar de su médico de cabecera al servicio de urgencias y, finalmente, a un podólogo, quien supuso que se trataba de una microfractura, indetectable en las radiografías, y le recomendó una bota de estabilización. Mirando atrás, lo que más sorprende a Jennifer es que ninguno de estos médicos se fijara en la enfermedad del riñón que figuraba en su historial médico ni pensara en hacerle pruebas de gota, una complicación sistémica conocida de la ERC que afecta a más del 25% de los pacientes renales.
Según la Clínica Mayo, la gota es una forma común y compleja de artritis que puede afectar a cualquier persona. Se caracteriza por ataques repentinos e intensos de dolor, hinchazón, enrojecimiento y sensibilidad en una o más articulaciones, y Jennifer describe su dolor como “impactante, como si una banda caliente te envolviera el cuerpo aplastándote los huesos”.
En el caso de Jennifer, la gota se desarrolló porque sus riñones no filtran adecuadamente el ácido úrico de su organismo. Nunca se le advirtió al respecto y no figuraba como un posible síntoma de sus problemas renales. El dolor y las complicaciones alteraron su vida: se perdió eventos familiares, faltó al trabajo y no pudo asistir a los partidos de béisbol de su hijo.
A partir de ese momento, Jennifer tomó las riendas de su atención médica. Cambió de nefrólogo e incorporó a un reumatólogo a su equipo de atención, que ahora trabaja codo con codo con ella para controlar sus brotes de gota y los síntomas de la enfermedad del riñón. Gracias a una combinación de medicamentos e infusiones terapéuticas, Jennifer ha podido retomar el control de su vida. Ahora puede hacer planes, viajar y dejar sus complicaciones de salud en un segundo plano.
En lo que respecta a defenderse a una misma, “me llevó mucho tiempo aprender a hacerlo”, explica Jennifer. Quiere que la gente sepa que esto no es un “problema de personas mayores”. Espera que, si puede ahorrarle incluso a uno o dos pacientes el tipo de dolor por el que ella pasó, sus esfuerzos de abogacía y sensibilización habrán merecido la pena. “No tiene por qué llegar a ser tan grave. No tenemos por qué sufrir”.
Gracias a Horizon por su colaboración en este Mes Mundial del Riñón.

















