Todo el mundo necesita un aguacate

October 05, 2017

<div>
<div>Mi madre se sentó a mi lado en la mesa de la cocina. “Quiero hacerlo”, dijo.</div>

<div> </div>

<div>“Joder, mamá”. Pensé en las miles de conversaciones que habíamos tenido en esa mesa, pero nunca una como esta.</div>
</div>

por Jennifer Cramer-Miller, paciente renal 
 
Mi madre se sentó a mi lado en la mesa de la cocina. “Quiero hacerlo”, dijo.
 
“Joder, mamá”. Pensé en las miles de conversaciones que habíamos tenido en esa mesa, pero nunca una como esta.
 
“Esa no es la reacción que esperaba”, dijo sonriendo. “Pero vale, ‘joder’ vale”. Aunque el momento era serio, las dos nos echamos a reír.
 
Desde que tenía 22 años, mi madre me había acompañado en mi obstinada enfermedad renal. Médicos, pinchazos, medicaciones y trasplantes. Durante todo ese tiempo, había sido mi defensor incondicional —un término que cariñosamente cambiamos por ‘Avocado’.
 
Actuaba como si cada cita aburrida fuera una invitación social deseable, y se refería a ellas como “fiesta”. Por ejemplo, yo le decía: “Mañana tengo cita con el nefrólogo, ¿quieres venir?”, a lo que ella respondía con entusiasmo: “¡Me encantaría! ¡Menuda fiesta!”.
 
En ese momento, tomé un gran sorbo de cafeína para reponer mis escasas energías. Mis dos trasplantes de riñón anteriores habían durado siete años cada uno, pero el último estaba fallando y necesitaba otro. Acabábamos de enterarnos de que los recientes cambios en los criterios de compatibilidad permitían que mi madre fuera mi donante. Pero… ¿Y si no funciona? ¿Y si hay complicaciones? ¿Y si ocurre algo horrible? Mis pensamientos se dispersaban como confeti.
 
Recordé cuando enfermé por primera vez, justo después de la universidad, y volví a casa de mis padres. Mi sistema inmune debilitado era presa fácil de infecciones oportunistas y fiebres, así que mi madre colocó ollas y sartenes en el suelo junto a mi cama. Era su versión poco convencional de un timbre de llamada de hospital. Cuando me despertaba temblando y vomitando en mitad de la noche, hacía sonar las tapas. Ella corría por el pasillo (como una Shirley MacLaine muy nerviosa en “La fuerza del cariño”) y se echaba encima de mí.
 
“Necesitas una manta de amor”, me decía, como si fuera un procedimiento estándar de enfermería.
 
 Bajo tanta presión, logré articular un “Gracias, mamá”.
 
“Todo el mundo necesita un aguacate”, solía responder mientras me abrazaba con su cuerpo cálido.
 
Ahora sentía exactamente esa misma calidez. Pero estaba teñida de miedo, por ella.
 
“Voy a hacerlo”, dijo mirándome desde el otro lado de la mesa. “Quiero darte mi riñón”. Luego sonrió. “Venga ya. ¿Un par de operaciones? Será una pasada”.
 
Yo también sonreí, pero sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
 
Cuando era pequeña, mi madre se sentaba conmigo en este mismo sitio y me cuidaba cuando no me encontraba bien con tostadas de canela y 7-Up. Había un poder curativo en su pan con mantequilla, espolvoreado con la proporción perfecta de azúcar y especias. Ella me transmitía su amor a través de esa tostada, y eso siempre me hacía sentir mejor.
 
Ya no era una niña pequeña, pero ella seguía sentada a mi lado, intentando que todo saliera bien. Dejé la taza sobre la mesa: “Mamá…”.
 
Ella me interrumpió: “Una pregunta: ¿harías esto por Liza?”. Sabía que haría cualquier cosa por mi Liza de cinco años, la hija milagrosa que no estaba segura de poder tener jamás. Mamá debió de ver un destello en mis ojos porque parecía satisfecha —como si hubiera aclarado algo esencial que quería que yo comprendiera—: “Tú eres mi hija”.
 
Finalmente accedí. La noche antes de las operaciones, comparamos los efectos de la jarra de agua con laxante que cada una había tenido que beber para “limpiar a fondo” nuestro interior. Al día siguiente, llegamos al hospital y nos dimos unos abrazos muy largos. No podía creer que esto estuviera pasando. Ella iba a entrar en quirófano para darme su riñón. Aquello estaba muy lejos de sentarnos a la mesa con tostadas con canela y 7-Up.
 
Horas más tarde, nos despertamos en salas de recuperación separadas con un dolor en la incisión que atravesaba la neblina de la anestesia. Lo primero que pregunté fue: “¿Está bien mi madre?”.
 
“Está bien”, me dijo la enfermera. “Ella también pregunta por ti. Las dos lo habéis hecho muy bien”. Aliviada, volví a sumirme en una neblina de sueño.
 
Más tarde, mi marido y mi hija me llevaron en silla de ruedas a su habitación. Parecía cansada y agotada por la lucha. Sus palabras, bajo los efectos de la morfina, se entremezclaban. Un olor a desinfectante se elevaba del suelo de vinilo. Intentó esbozar su sonrisa encantadora, pero los analgésicos le impedían hacerlo. En su pequeña figura, en aquella cama de hospital, vi a una gigante de la gracia y la bondad.
 
Quería arrojarme sobre ella y ser su manta de amor, aunque sería demasiado doloroso para las dos. En lugar de eso, le pedí a la enfermera que estudiara la posibilidad de reducir la dosis de morfina de mi madre para ayudarla con la dificultad para hablar. En ese momento, estaba segura de dos cosas: nunca podría pagarle todo lo que me había dado, y siempre nos cuidaríamos la una a la otra.
 
Tenía los ojos húmedos. “Gracias por preguntar por eso”, murmuró en voz baja, esbozando una suave sonrisa.
 
“Todo el mundo necesita un aguacate, mamá”, le dije, y le apreté la mano.
 
----------------
Esta historia se publicó originalmente en Sunlight Press el 6 de agosto de 2017 

Más información en KidneyStoriesMN.org. 

 
Este contenido se proporciona únicamente para el uso informativo y no se pretende como consejo médico o como sustituto del consejo médico de un profesional de la salud.
© 2026 Fundación Nacional del Riñón, Inc.