Hasta que le diagnosticaron una
enfermedad del riñón, Robert Muller no sabía gran cosa sobre
la diálisis ni
los trasplantes de riñón. En 1974, tenía otras cosas de las que preocuparse. Hasta entonces, este contable de 40 años vivía en Tulsa, Oklahoma, disfrutaba criando a sus tres hijos pequeños junto a su esposa Carol y llevaba una vida perfectamente “normal”. No fue hasta que se puso a trabajar en el jardín cuando se sintió demasiado débil para hacer nada más que dirigirse a la clínica cercana, desde donde lo trasladaron a un hospital. Finalmente, le diagnosticaron una enfermedad del riñón y le indicaron que siguiera una
dieta baja en proteínas y bebiera grandes cantidades de agua. Solo cuatro años después, ya estaba en diálisis. “No sabía qué me estaba pasando”, recuerda Robert.
La diálisis era necesaria para la salud de Robert, pero le planteó otros retos. Pronto lo despidieron de su trabajo y la inactividad lo sumió en la depresión. Llegó incluso a suplicarle a Carol que se llevara a los niños a casa de sus padres, en Míchigan, por miedo a no poder cuidar de su familia. Carol se negó. Se oponía a alejarse de su marido y a separar a la familia. En cambio, apoyó a Robert y lo acompañó a todas sus citas de diálisis.
Pronto, Robert comenzó a adaptarse a su nuevo papel en la familia y asumió más responsabilidades con los niños, desde recogerlos del colegio hasta ayudar a preparar la cena. Encontró un propósito y satisfacción en su papel de padre que se queda en casa y encontró consuelo en su comunidad parroquial.
Menos de un año después de empezar con la diálisis, le comunicaron a Robert que había un riñón esperándole si lo deseaba. Un motociclista había fallecido y su familia había decidido donar sus órganos. Robert aceptó de inmediato.
La operación tuvo lugar el 12 de mayo de 1978, solo unos días antes de que Robert cumpliera 44 años. Fue uno de los mejores regalos que jamás podría haber recibido. Pero, aunque el riñón de Robert funcionaba bien, su médico preveía que solo alargaría su vida entre cuatro y cinco años. “Entonces tendrás que conseguirme un riñón nuevo”, había dicho Robert. En la actualidad, acaba de celebrar el 40.º aniversario de su trasplante a los 84 años y está agradecido por los años adicionales que su nuevo riñón le ha permitido disfrutar.
En 2008, Carol sufrió un ictus que la dejó ingresada en una residencia de ancianos. Robert estaba allí constantemente; la sacaba al aire libre para comer o la llevaba en silla de ruedas por las instalaciones. Su dedicación hacia ella nunca decayó. Cuando ella falleció ocho años después, Robert supo exactamente por qué su riñón había sobrevivido tantos años. Su propósito era cuidar de su familia, especialmente de su mujer. Cuando él la necesitó, ella estuvo ahí, y cuando ella lo necesitó, él también estuvo ahí. “Confiaba en que Dios siempre tenía un plan”, dice sobre su experiencia.