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June 08, 2017
<div>Me llamo Erin; tengo veintiún años, soy de Saint Paul (Minnesota) y voy a empezar mi último curso en el Wheaton College, en Norton (Massachusetts). Cuando tenía once años, me hice una revisión rutinaria en el Saint Paul Children’s Hospital, donde un asistente médico (PA) de guardia se percató de que tenía la presión arterial alta.</div>
Por Erin Moynihan, voluntaria de la NKF
Me llamo Erin; tengo veintiún años, soy de Saint Paul (Minnesota) y estoy a punto de empezar mi último curso en el Wheaton College de Norton, Massachusetts. Cuando tenía once años, me hice una revisión rutinaria en el Saint Paul Children’s Hospital, donde un asistente médico (PA) de guardia se percató de que mi presión arterial era inusualmente alta. Aunque es habitual que muchos niños se pongan nerviosos y ansiosos en la consulta del médico, lo que a veces provoca un aumento de la presión arterial, tuve la suerte de que el asistente médico quisiera investigar más a fondo mi presión arterial. Tras varias ecografías y largos días de pruebas médicas, me diagnosticaron una enfermedad renal crónica (ERC) en etapa tres. Como solo tenía once años, la verdad es que no recuerdo cómo me sentí al recibir el diagnóstico. Sin embargo, recuerdo perfectamente cuando mis padres y yo nos reunimos por primera vez con mi nuevo nefrólogo. De repente, en ese momento, todo se volvió real, debido a la sensación general de conmoción, tristeza y ansiedad que se respiraba en aquella pequeña consulta médica. Este momento de tristeza acabó convirtiéndose en esperanza y en una nueva forma de entender la enfermedad crónica gracias a los médicos y enfermeros de la clínica de nefrología pediátrica de la Universidad de Minnesota, que nos han ayudado a mi familia y a mí a comprender mejor la enfermedad del riñón y nos han proporcionado las herramientas necesarias para llevar una vida normal y saludable.
Desde mi diagnóstico, he introducido un par de cambios en mi rutina diaria. Tomo regularmente medicación para la tensión arterial, sigo una dieta baja en sodio y acudo a mi especialista cada seis meses para hacerme pruebas. Además, durante los últimos diez años, la misma enfermera me ha extraído sangre cada seis meses. Tengo mucha suerte de encontrarme en una situación estable en este momento y, aunque en el futuro me espera un trasplante de riñón, intento vivir el presente y ser proactiva a la hora de mantener una buena salud. Aunque cualquier diagnóstico puede resultar confuso, aterrador y, a veces, molesto, he aprendido que esta enfermedad me ha ayudado a madurar y a crecer. Me ha hecho ser más consciente de mi cuerpo y mi salud, ha despertado mi interés por la medicina y la salud preventiva, y me ha infundido el deseo de convertirme en asistente médico. Mi interés constante por la enfermedad del riñón me ha llevado finalmente a la National Kidney Foundation, que presta servicio en Minnesota, para ayudar a concientizar sobre esta enfermedad tan prevalente y servir de apoyo a otros pacientes renales a los que quizá acaben de diagnosticarla. He pasado por esos sentimientos de dolor y confusión, y quiero asegurarme de que los pacientes tengan acceso a la información adecuada a su alrededor para llevar una vida normal.


















